
La poesía no es para amantes. Fácil es creer que es un simple medio para que las palabras “te amo” se conviertan en el dulce canto de una alondra. Confundida con un filtro de papel que retiene las lágrimas y deja escurrir una caricia. Caricia que toca esos puntos del alma que despiertan un cosquilleo, que empieza en las caderas y termina en una sonrisa. Los cabellos del amante son solo eso, y por más que se recorran de raíz a final no se transformarán en letras de recuerdo.
La poesía no es para melancólicos. Quisiera pensar que las palabras correctas borran una tarde de otoño añorándote y en su lugar siembran un olivo fuerte y frondoso con aroma a esperanza. Que pueden cambiar el destino de mis pasos para que el sendero de mis huellas conduzca a una noche de verano en lugar de al recuerdo de pérdida. Que sanan la nostalgia y traen a nuestra puerta las fragancias del hogar atrás dejado y el perfume de ese atardecer en especial.
La poesía no es para soñadores. No enfrasca los anhelos como un barco en una botella ni es el primer detalle para pasar de ilusiones a recuerdos. Los jardines dorados se marchitan en sus manos, matando sin pesares ese tierno narciso tan pacientemente criado. El dolido canto de la cuerda de un violín se quiebra en el aire al buscar reposo en sus melodiosas estrofas.
Es un recuerdo de lo que fue. Una sombra de tristes canciones que bailan en nuestra memoria contándonos de un pasado mejor en una época de sombras. Un lenguaje incomprendido, la nueva lengua muerta que vagabundea entre nosotros sin encontrar la pluma que quiera hacerle su último retrato. A veces brisa, a veces colores, es soñadora, amante y melancólica que con delicadas pinceladas crea el Guernica de su caída.
Ahí está la figura que habita entre un recuerdo sin retorno. La silueta del errante que se adentra en el cementerio, no para soñar con un último beso sino para despedirse de lo que alguna vez fue suyo. Ahí yace la tumba, ya gris y enmohecida que el tiempo quiso olvidar y dejar que los pocos que le dejan una flor de cuando en vez lloren sin consuelo sobre la húmeda tierra bajo la luna. Silenciada y derruida, eras demasiado bella para habitar en este mundo.
La triste maldición de ser poeta.
Alazam
The wounded poet